
A partir de aquel momento, todo se desarrollaría como en un sueño confuso e incomprensible, uno de esos en que personas desconocidas y fuerzas invisibles nos implican en una serie de situaciones sin salida y a cada momento nos despertamos bañados en sudor y cada vez más cansados y deshechos.
Ryszard Kapuscinski, “Un día más con vida”.
Foto: Ingmar Bergman, “Luz de invierno”.
Dinosaur Jr, “Little Fury Things”.

Dice que lo de las municiones es un problema eterno. Eterno: una palabra exagerada. Estamos en el inicio de la guerra y su destacamento sólo cuenta con un mes de vida. Ndozi lleva a sus espaldas años de lucha guerrillera, pero la tropa que comanda es nueva, más aún, novata. El soldado bisoño tiene miedo de todo. Traído al frente, cree que la muerte lo acecha desde todas partes. Que todos y cada uno de los disparos no apuntan sino a él. No sabe definir la distancia ni la dirección del fuego. Así que dispara a discreción, con tal de tirar mucho y sin pausa. No busca que sus balas alcancen al enemigo, lo que busca es matar su propio miedo. Tira para acallar ese pánico que paraliza al hombre y no le permite pensar. Es decir, que no le permite pensar en lo que ocurre a su alrededor, en cómo ganar la batalla en que participa su destacamento, porque mientras tanto él se enfrenta a una batalla más importante: tiene que ganar la guerra contra su propio miedo. Hoy mismo, durante un ataque, me he acercado a uno que, bazuca en mano acribillaba el cielo. No apuntes al cielo, grito, apunta a esas palmeras que tienes delante, ellos están ahí. Pero veo en su rostro, gris, que no está para localizar a ningún enemigo, que no se enterará de nada de lo que se le diga porque está enzarzado en un combate a muerte con otro enemigo, no aquel que se agazapa tras las palmeras, sino el que está dentro de él mismo. Dispara porque quiere embriagar y entumecer sus sentidos, y una vez logrado ese letargo, sobrevivir al ataque del terror.
Ryszard Kapuscinski, “Un día más con vida”.

La sensación de ahogo sobreviene en el momento en que un hecho importante, un cambio decisivo, no logra salir a la superficie de la vida, no acaba de cumplirse. Un hecho aún invisible y sin cristalizar que sólo se producirá en el futuro ya empieza a crecer, se hincha y se desparrama invadiendo una realidad circundante que a pesar de todo se resiste a darse por vencida. El espacio se va reduciendo cada vez más y con él, el aire fresco. Su falta hace que aumente nuestra sensación de impotencia. Miramos apáticos cómo se acumulan los nubarrones y esperamos el momento en que emitan esa voz que nos leerá la inexorable sentencia del destino.
Ryszard Kapuscinski, “Un día más con vida”.
Foto: Andrzej Zulawski, “Trzecia czesc nocy”.
Cuando llegó hasta ella, yacía en su sangre sobre la hierba. Él se arrodilló con el rifle y le puso la mano en el cuello y el animal le miró con ojos cálidos y húmedos en los que no había ningún temor y entonces murió. Se quedó contemplándolo largo rato. Pensó en el capitán y se preguntó si estaría vivo y pensó en Blevins. Pensó en Alejandra y recordó la primera vez que la vio pasar por el camino de la ciénaga al atardecer, con el caballo todavía húmedo porque lo había metido en el lago, y recordó los pájaros y el ganado en la hierba y los caballos en la mesa. El cielo estaba oscuro y un viento frío soplaba por la bajada y a la luz mortecina un matiz frío y azul había convertido los ojos del ciervo en una cosa más de las muchas que le rodeaban en aquel paisaje oscurecido. Hierba y sangre. Sangre y piedra. Piedra y los oscuros medallones que imprimieron sobre ellas las primeras gotas planas de lluvia. Recordó a Alejandra y la tristeza que había visto por primera vez en la curva de sus hombros y que había creído comprender y de la que no sabía nada, y experimentó una soledad que no había conocido desde que era niño y se sintió totalmente ajeno al mundo, aunque todavía lo amaba. Pensó que en la belleza del mundo se escondía un secreto. Pensó que el corazón del mundo latía a un coste terrible y que el dolor del mundo y su belleza se movían en una relación de equidad divergente y que en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor.
Cormac McCarthy, “Todos los hermosos caballos”.
Foto: Ingmar Bergman, “Fresas salvajes”.
Cabalgaban de noche por la meseta occidental, a dos horas del rancho, y a veces él encendía un fuego y podían ver las luces de gas en el portal de la hacienda muy por debajo de ellos flotando en una charca negra y a veces las luces parecían moverse como si el mundo de allá abajo encendiese otro centro y veían caer en la tierra centenares de estrellas y ella le contaba historias de la familia de su padre y de México. De regreso caminaban con los caballos hasta el lago y los caballos bebían con el agua hasta el pecho y las estrellas se mecían en el lago y se inclinaban donde bebían y si llovía en las montañas el aire era denso y la noche más cálida y una noche la dejó y cabalgó hasta el borde del lago a través de la juncia y los sauces y se deslizó del caballo, se quitó las botas y la ropa y entró en el lago, donde la luna resbaló ante él y los patos graznaron en la oscuridad. El agua era negra y cálida y dio vueltas en el lago y extendió los brazos en el agua y el agua era muy oscura y sedosa y miró a través de la quieta superficie negra hacia donde estaba ella en la orilla y la miró salir de sus ropas amontonadas, emergiendo de ellas tan pálida, tan pálida como una crisálida y caminar hasta el agua.
Se detuvo a medio camino para mirar atrás. De pie y temblando en el agua y no de frío porque no hacía ninguno. No le hables. No la llames. Cuando se acercó, él le tendió la mano y ella la tomó. Era tan pálida en el lago que parecía estar ardiendo. Como luz fosforescente en un bosque tenebroso. Que ardía sin llama. Como la luna que ardía sin llama. Sus cabellos negros flotaban en el agua a su alrededor, caían y flotaban en el agua. Ella le rodeó el cuello con su otro brazo y miró hacia la luna en el oeste no le hables no la llames y entonces volvió su rostro hacia él. Más dulce por el hurto del tiempo y carne, más dulce por la traición. Grullas que anidaban y se sostenían sobre una pata entre las cañas de la orilla sur habían sacado los esbeltos picos de debajo de las alas para vigilar. ¿Me quieres?, preguntó ella. Sí, dijo él. Pronunció su nombre. Dios mío, sí, dijo.
Cormac McCarthy, “Todos los hermosos caballos”.
Foto: Debbie Harry.
Y bailaron, las tablas del suelo vapuleadas por las botas de montar y los violinistas sonriendo horriblemente sobre sus instrumentos decantados. Dominándolos a todos está el juez y el juez baila desnudo con sus pequeños pies vivaces y raudos y ahora dobla el tiempo, dedicando venias a las damas, titánico y pálido y pelado, como un infante enorme. Él no duerme nunca, dice. Dice que nunca morirá. Saluda a los violinistas y luego recula y echa atrás la cabeza y ríe desde lo hondo de su garganta y es el favorito de todos, el juez. Agita su sombrero y el domo lunar de su cráneo luce pálido bajo las lámparas y luego gira y gira y se apodera de uno de los violines y hace una pirueta y luego un paso, dos pasos, bailando y tocando. Sus pies son ágiles y ligeros. Él nunca duerme. Dice que no morirá nunca. Baila a la luz y a la sombra y es el favorito de todos. No duerme nunca, el juez. Está bailando, bailando. Dice que nunca morirá.
Cormac McCarthy, “Meridiano de sangre”.
Foto: Ingmar Bergman, “Luz de invierno”.
Sólo ahora se ha despojado completamente el niño de todo lo que ha sido. Sus orígenes son ya tan remotos como remoto es su destino y nunca más, por más vueltas que dé el mundo, encontrará territorios tan agrestes y bárbaros donde probar si la materia de la creación puede amoldarse a la voluntad humana o si el corazón no es más que arcilla de otra clase.
Cormac McCarthy, “Meridiano de sangre”.
He aquí el niño. Es pálido y flaco, lleva una camisa de hilo fina y ajada. Aviva la lumbre en la recocina. Afuera hay campos oscuros roturados y con jirones de nieve y al fondo bosques más oscuros aún donde moran todavía los últimos lobos. Viene de familia de poceros y talladores de madera, pero en realidad su padre ha sido maestro. La bebida le puede, cita a poetas cuyos nombres se han perdido para siempre. El niño le observa acuclillado junto al fuego.
La noche de tu nacimiento. Año treinta y tres. Leónidas, las llamaban. Ah, qué de estrellas caían. Yo buscaba lo negro, agujeros en el firmamento. La Osa Mayor embestía.
La madre muerta hace catorce años ha incubado en su seno la criatura que la llevará a la tumba. El padre jamás pronuncia su nombre, el niño no sabe cuál es. En alguna parte tiene una hermana a la que no volverá a ver. Pálido y sucio, observa. No sabe leer ni escribir y ya alimenta una inclinación a la violencia ciega. Toda la historia presente en ese semblante, el niño el padre del hombre.
Cormac McCarthy, “Meridiano de Sangre”.
Foto: Béla Tarr, “Kárhozat”.
El menonita contempla las sombras que hay ante ellos y que se reflejan hacia él en el espejo de detrás de la barra. Se vuelve a los reclutas. Tiene los ojos húmedos, habla despacio. La ira de Dios está dormida. Estuvo oculta un millón de años antes de que el hombre existiera y sólo el hombre tiene el poder de despertarla. En el infierno hay sitio de sobra. Oídme bien. Vais a hacer la guerra de un loco a un país extranjero. Despertaréis a algo más que a los perros.
Pero ellos censuraron al viejo y le maldijeron hasta que se apartó de la barra murmurando, ¿y cómo iba a ser si no?
Estas cosas terminan así. Entre confusión e insultos y sangre. Siguieron bebiendo y el viento soplaba en las calles y las estrellas que habían estado en lo alto descendieron hasta el oeste y aquellos jóvenes se indispusieron con otros jóvenes y hubo intercambio de palabras imposibles de enmendar y al amanecer el chaval y el segundo cabo se arrodillaron junto al chico de Missouri que se llamaba Earl y pronunciaron su nombre pero el otro ya no podía responder. Estaba tumbado en el polvo del patio. Los hombres se habían ido, las putas también. Un viejo barría el piso de arcilla dentro de la cantina. El chico yacía en un charco de sangre con el cráneo reventado, nadie sabía a manos de quien. Alguien se les acercó por el patio. Era el menonita. Soplaba un viento cálido y por el este asomaba una luz gris. Las aves que pasaban la noche entre las parras habían empezado a agitarse y a cantar.
Hay menos alegría en la taberna que en el camino que conduce hacia ella, dijo el menonita. Se puso en la cabeza el sombrero que sostenía en las manos y giró en redondo y salió por la verja.
Cormac McCarthy, “Meridiano de sangre”.
Foto: Werner Herzog, “Even dwarfs started small”.